
Mañana será mejor
Esa mañana Violeta no quiso desayunar. Su madre le gritó, como siempre: “No vas a crecer, no entiendo porqué no comes.” En su estómago sentía los vestigios de la angustia nocturna frente a la cena, sin saber a dónde se escurrían sus necesidades biológicas cuando se sentaba a la mesa… debía ser a ese mismo lugar donde naufragaba su tristeza cuando escuchaba a sus padres discutir. Violeta sabía que sus padres le amaban, pero no entendía porqué a veces se sentía tan sola. Era una niña modelo, ordenaba su cuarto, doblaba su ropa y la guardaba en la gaveta correcta, nunca olvidaba una asignación académica… sabía que mientras eso fuese así seguiría recibiendo las cariñosas bendiciones de sus progenitores; pero cuando llegaba la hora de comer ella se abrazaba al mantel, sonreía a la cortina, contaba historias en las que sus dedos eran los protagonistas. Ella misma no sabía que le pasaba. Su madre llegaba del trabajo y después de besar su mejilla y correr a revisar sus cuadernos, iba directo al teléfono. Era realmente una vida llena de exigencias dentro de una rutina de poco espacio para los sueños, la melancolía de crecer, los miedos de ser grande. Había un lugar seguro y era el de la admiración: cuando Violeta sacaba buenas notas sus padres se enorgullecían, luego los escuchaba luciéndose con los vecinos. Ya entrada la noche Violeta estaba asomada en la ventana y vio pasar una estrella inquieta que no se quedaba en un mismo lugar, entonces la Sra. Josefa, que era quien la cuidaba mientras llegaba su mamá, se dio cuenta y le dijo: “esa es una estrella fugaz, pídele un deseo.” Y Violeta emocionada pensó: “lo único que quiero es que mis padres no dejen de quererme cuando me equivoque”. Luego rió y dijo en voz alta y sonante “mañana será mejor”.
Amar a nuestros hijos sin condición es un acto de entrega y libertad. Para ello debemos conocerlos, escucharlos, saber de sus angustias y temores, no regodearnos sólo en sus logros, sino amarlos y comprenderlos cuando no son lo que esperamos… es mejor no esperar nada y simplemente quererlos como una verdadera bendición… saber que cada tropiezo es una oportunidad para hacer crecer nuestro corazón. Así les enseñaremos a amar, que es lo más importante que debemos enseñar. ¿Enseñas tú a tu hijo a amar?
Amar a nuestros hijos sin condición es un acto de entrega y libertad. Para ello debemos conocerlos, escucharlos, saber de sus angustias y temores, no regodearnos sólo en sus logros, sino amarlos y comprenderlos cuando no son lo que esperamos… es mejor no esperar nada y simplemente quererlos como una verdadera bendición… saber que cada tropiezo es una oportunidad para hacer crecer nuestro corazón. Así les enseñaremos a amar, que es lo más importante que debemos enseñar. ¿Enseñas tú a tu hijo a amar?
