miércoles, 4 de noviembre de 2009

LIMITES Y FRONTERAS


Siguiendo el sendero del respeto


Existe una línea invisible que separa la armonía, la paz y la cordialidad del conflicto y la disputa. Es una leve frontera que confronta nuestros deseos con los de los otros. Es ahí cuando dejamos de ser “YO” para ser “NOSOTROS”. Es ahí cuando debemos controlar impulsos para mantener la grata convivencia y la adecuada relación.


Si cruzamos esa línea, transgredimos la integridad de los otros, oprimimos sus derechos. Pero ¿Cómo reconocerla? ¿Cómo enseñar a los más pequeños a mantenerse del lado correcto?Las normas sociales, la cortesía y el ponernos en el lugar del otro son la base para sensibilizar a nuestros hijos hacia una sana convivencia.


La herramienta más poderosa para inculcarles todo esto es a través del ejemplo. Siendo adultos educados y corteses, siendo empáticos con los otros, valorando las normas sociales y haciendo un esfuerzo por cumplirlas en los diferentes ámbitos de nuestra vida.


Otra manera, es nunca justificar o excusar un comportamiento inadecuado, aunque en el fondo entendamos que el niño tiene derecho a equivocarse o dejarse llevar por sus sentimientos, como parte natural de su crecimiento.


En el contexto escolar, es necesario ajustarnos a los horarios, al uniforme y a otras pequeñas exigencias, aunque a veces las percibamos sin sentido, ya que más allá de que estemos de acuerdo o no, forman parte de las reglas convenidas por el colegio que escogimos para nuestros hijos.


Su respeto y valoración nos da sentido de pertenencia y nos enseña a integrarnos y reconocernos como grupo, a saber que tenemos una identidad en asociación a otros y no solo como individuos.


El niño que se levanta muchas veces de su asiento, que conversa en las horas de trabajo, que no escucha a los otros, que pone sus necesidades individuales por encima de las colectivas, probablemente aún no se reconoce como parte del grupo y no se da cuenta de que su conducta influye en el bienestar de los otros.


Éste es un aprendizaje evolutivo que aumenta con la madurez.Nuestra función como adultos, padres y formadores es hacerles comprender y respetar esa sutil frontera que nos mantiene en la armonía. Esto no significa renunciar a las necesidades como personas, sino canalizarlas o postergarlas en pro de un bien común.


Cuando somos capaces de posponer necesidades particulares por alcanzar un bien común, nos elevamos un peldaño más en el desarrollo de nuestra ética y estamos preparados para construir un mejor futuro en beneficio de todos.

No hay comentarios: